“Hay un solo Rey de Copas, y es el Rojo”

vicente muglia, informando desde el diario del rojo para el amigo jorge garcia desde el diario ole..

“Hace 32 años ganamos la última Copa, y todavía nadie nos alcanzó”.

hugo moyano:

OYANO 012“Estoy totalmente convencido de que vamos a ubicarnos en el lugar que jamás debimos dejar de tener”, afirmó el presidente. Los Diablos no obtienen un torneo local desde 2002, uno internacional desde 2010, y la última Libertadores conseguida fue en 1984, sin embargo, el dirigente no le quitó méritos a la historia, y aprovechó para chicanear a Boca, su rival copero: “Hace 32 años ganamos la última Copa, y todavía nadie nos alcanzó. Vamos a tratar de seguir creciendo para que nunca jamás nadie nos alcance. Hay un solo Rey de Copas y es el Rojo de Avellaneda”.

El presidente confesó que el objetivo principal en lo que queda de su mandato es mejorar en el ámbito deportivo y que apostarán “todo al fútbol”. Además confió en que puedan coronarlo “con un título”: “Es lo que necesitamos para estar totalmente satisfechos con la tarea que hemos realizado. Creo que se va a dar porque Independiente y sus hinchas se lo merecen”.

Por último, en diálogo con la prensa oficial del club, contó que se ilusiona con el equipo que se está armando: “Hemos conformado un plantel que va a pelear con todas sus fuerzas y con todo lo que necesita para conquistar un título. Estoy muy convencido que lo vamos a lograr

INFO DEL ROJO PARA JORGE GARCIA..

EL TORNEO SE INICIA EL 19-8. EL VIERNES A LAS 19 SE SORTEA A LA ANTIGUA, EL RECESO SERA DEL 18 DE DICIEMBRE AL 12 DE FEBRERO, FINALIZA DE FINES DE MAYO, DESCIENDEN 4 SUBEN 2.

INDEPENDIENTE – DEFENSA PASO AL LUNES 8 DE AGOSTO A LAS 19 EN BANFIELD…

EL SABADO A LAS 15 INDEPENDIENTE VISITA A GIMNASIA EN LA PLATA CON INGRESO DE PUBLICO VISITANTE EN LA TRIBUNA USA ESTUDIANTES YA QUE EL LOBO EN ESE ESTADIO VA A LA VISITANTE,,,

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sanchez miño…

estoy muy contento, que independiente se fije en mi, fue fantástico.

se lo que quiere milito y espero rendirle al máximo.

ahora a conocerme con todos, estoy entusiasmado y muy feliz.

hay un gran plantel, queda solo crecer, y oir lo que desea milito y a partir de ahi a ir por todo..

puedo jugar de 3, de 10, y de volante por izquierda…

hay un excelente plantel, eso motiva mucho…

en este tipo de clubes solo tenes que pensar que tenes que pelear todo…

 

 

Beto Tisinovich recordo al pato

“Gracias señor Pastoriza, por todo lo que me das…”, cantaba toda la gente del Rojo cada vez que el Pato enfilaba para el banco de suplentes. Es que decir José Omar Pastoriza es decir Independiente. Fue ídolo y referente como jugador y como técnico. Llegó desde Racing en 1966, luego de estar en Rosario Central y Colón, y en el Diablo se consagró. Metió cuatro títulos antes de irse en el 72 a Monaco, a codearse con Raniero, si hasta dicen que le hizo asados en el Palacio Real…10542d3pastoriza130p

Volvió cuatro años más tarde, pero ya como técnico. Al toque se hizo cargo de su amado Independiente y hoy se cumplen 40 años del debut como entrenador, una función en la que llevó al Diablo a tocar el cielo con las manos. Ese mismo cielo que lo alberga desde el 2 de agosto de 2004 y si bien no está físicamente, no hay día en el que quien lo conoció no lo recuerda con alguna anécdota, que incluye esa chispa de un hombre con códigos al 100%. El Pato asumió la responsabilidad de conducir al Rojo, que venía de perder el reinado copero con River. Ya con Julio Grondona como presi del Diablo, Pedro Iso y Carlos Sola de vices, el Pato arrancó ganador: 5-1 al Estudiantes de Bilardo, que en el Nacional 75 fue sub del gran River de Angel Labruna. Y ese día no pudo contar con Bochini, Bertoni, Trossero, Galván y Percy Rojas. Era el Metro 76 y a los 35 días, logró su primer título al vencer por penales a Atlético Español en Venezuela, luego de dos partidos empatados, por la Interamericana.

Su primera vuelta olímpica en el ámbito local fue en el Nacional 77, que finalizó el 25 de enero del 78. Sí, la noche en la que el Rojo con tres jugadores menos por las expulsiones de Larrosa, Galván y Trossero, quienes reclamaron con razón que el 2-1 de Talleres fue con la mano. El Diablo empató 2-2 con un golazo de Bochini, tras una pared con Bertoni y Biondi, a quienes el Pato metió para producir la mayor hazaña futbolística que se recuerda por estos lugares. Al año siguiente, repitió el torneo pasando por arriba en la final a River, que en su equipo tenía seis campeones mundiales en 1978. Después se marchó y pasó por Talleres, Racing y Millonarios, para regresar al CAI, que tenía un equipazo pero que no pudo salir campeón con Nito Veiga. En ese 83, ya con el torneo empezado, tenía a tres baluartes que ya había dirigido: Bochini, Trossero y Villaverde. Con ellos, más la presencia de Clausen, Giusti, Burruchaga, Marangoni, Goyén, y los pibes como Carlos Enrique, Percudani y Carlos Sánchez salió campeón. Ya en la Libertadores, donde repatrió a Barberón de Colombia, armó ese gran conjunto que logró la séptima conquista y luego la Intercontinental ganándole al Liverpool en Japón. Se fue enseguida, y a los meses regresó hasta diciembre del 87. Tuvo dos períodos más: 1990/91 y 2004, y en éste último el Pato no pudo ganarle a la muerte.

YO DIGO

Ricardo Pavoni / Primer capitán del Pato

El gran jefe de Independiente

Con el Pato fuimos construyendo nuestras carreras casi a la par desde que él llegó al club. Fue un muy buen amigo y siempre compartía la habitación con él en las concentraciones. Era un hombre inteligente, con una personalidad avasallante. Y sabía contagiarle su seguridad a los grupos que le tocó conducir. Porque Pastoriza manejaba todo. Fue el gran jefe de Independiente. Cada vez que había algún problema, salía a dar la cara por el grupo. Y se le plantaba a cualquiera con muchísima autoridad. Su presencia inspiraba respeto. Antes de su asunción como técnico tuve una reunión con él, ya que quería saber con qué se iba a encontrar. Siempre te decía las cosas de frente. No dejaba escapar nada. Nadie se enteraba lo que pasaba puertas adentro. Algunos le cuestionaban los asados que organizaba para el plantel, pero ahí zanjábamos nuestras diferencias y el diálogo fortalecía al grupo.

YO DIGO

Karina Pastoriza / Hija del Pato

Dejó su salud en el fútbol

Estoy muy orgullosa de ser su hija, pero no sólo por lo que fue como jugador y técnico, sino porque todos los que lo conocieron siempre me dijeron que fue una gran persona. Un hombre leal, frontal y con códigos que jamás rompía. Hay valores que trascienden a lo deportivo, y ésos fueron la base sobre la que supo construir sus equipos y su propia vida. Tuve la suerte de conocer a muchas personas del mundo del fútbol y nadie me contó algo malo de él. Muchos me dijeron que fue el mejor técnico que tuvieron. Jairo Castillo y Navarro Montoya, entre otros, siempre me han hablado de él con mucho afecto. Y los hinchas también lo tienen muy presente. Quizá lo teníamos poco tiempo en casa porque él vivía por y para al fútbol. Le entregó su vida a su pasión. De hecho, dejó su salud en el fútbol y todos los infartos que tuvo seguramente tuvieron que ver con la forma en la que lo vivía. Un apasionado.

YO DIGO

Enzo Trossero / Capitán con Pastoriza

Predicamento y personalidad

Se nos fue muy joven el Pato. Tenía apenas 62 años y pasó más de una década desde su partida, pero lo quise mucho y lo extraño. Tuve una relación muy especial con él, ambos nacimos un 21 de mayo, aunque él tenía 11 años más. Fue un hombre con mucho predicamento y una gran personalidad, la misma que supo transferirle a sus equipos. Un tipo muy agradable, que sabía escuchar y reconocía sus errores. En determinado momento el grupo se había dividido y él se inclinó para un lado, pero luego supo enderezar la situación. Siempre trazó objetivos claros y si bien en su Independiente había jugadores técnicamente muy dotados, todos debían meter. Me tenía aprecio y me dio la cinta de capitán. Su temperamento se vio reflejado en la final ante Talleres, cuando evitó que el equipo dejara la cancha. Como DT fue extraordinario. Pero lo más importante es que fue una persona extraordinaria.

quien fue cecconatto???

José Carlos Cecconato (a veces Cecconatto), nacido el 27 de enero de 1930 es un ex jugador de fútbol argentino que se desempeñaba como volante derecho. La carrera futbolística de Cecconato comenzó en el año 1946 en el club porteño El Porvenir, para pasar finalmente en 1947 a Independiente de Avellaneda, club donde desarrollaría toda su trayectoria posterior. Cecconato era bajo de estatura pero un jugador notable. En este número cinco descansaba la función de dirigir el ataque, y con una precisión tal que pasaba a regular el ritmo del juego. Si era necesario, también podía jugar generosamente como defensor. Fue un jugador de ida y vuelta, con gran movilidad y astuto para picar al vacío. Pero, a pesar de haber marcado muchos goles, su fuerte era asistir a sus compañeros de ataque. Era el generador de juego de la gran delantera que conformaron Micheli, Lacasia, Grillo y Cruz. Siendo jugador de Independiente fue convocado a la selección nacional. El 14 de mayo de 1953, Cecconato debutó con la albiceleste en un partido contra Inglaterra, ganado por Argentina 3-1.3 Participó en la Copa América de 1955, donde Argentina ganó el campeonato sudamericano. Cecconato jugó los cinco partidos del torneo -contra Paraguay , Ecuador , Perú (anotó un gol), Uruguay y Chile. Todavía como jugador Independiente participó del mismo torneo al año siguiente, la Copa América de 1956, donde fue subcampeón de Sudámerica con la el seleccionado argentino. Cecconato jugó, en esta oportunidad, en tres partidos – contra Chile (sustituyendo sobre el terreno de juego a los 65 minutos del partido a Omar Sívori), Paraguay (luego del minuto 75 lo sustiyó a Ernesto Grillo y anotó el gol), y Brasil. En la Primera División de Argentina Cecconato jugó 148 partidos y marcó 52 goles. En la Selección de fútbol de Argentina jugó 11 partidos y marcó 2 goles.

A los 28 años, en la plenitud de su carrera, decidió abandonar el fútbol. No arregló su contrato con el Rojo, cuyos dirigentes eran considerados extremadamente cuidadosos con las finanzas del club, y decidieron suspenderlos por dos años.

cecconato

HERMOSO CUENTO DE SACHERI DEDICADO A ERICO, AL ERICO YA RETIRADO…

ERICO HIZO UN GOL PARA MI…

El viejo era español y tenía siempre la delicadeza de pasar bien pegado a la línea de las casas, para que nosotros no tuviésemos que interrumpir los partidos. Supongo que alguna vez supe su nombre, pero se me extravió en alguno de los muchos pliegues que tiene el olvido. Sí recuerdo, en cambio, su imagen y su voz.

Era bajo y macizo, y se notaba que había sido un hombre fuerte. Tenía la piel de un rosa subido y sanguíneo de quien se ha criado al sol y a la intemperie. Usaba el pelo muy corto, y a mí me hacía acordar a un cepillo de cerdas gruesas y blancas, puesto patas arriba. Siempre andaba con unos pantalones negros y abolsados, sujetos por un cinturón igual de negro, encima del ombligo; y con una camisa blanca con el botón del cuello desprendido y las mangas recogidas por encima de los codos. Vestía, en suma, como debían vestir los viejos de su aldea, en España, cuando él era un chico. Y él se había traído ese recuerdo con el que los imitaba en su propia vejez, como se trajo el acento lleno de zetas y de eses que a los otros pibes les sonaba raro, pero a mí me gustaba porque me hacía acordar a mi tío Vicente, que también era español y había sido lo más parecido que tuve a un abuelo.

 

Desde que el viejo salía de su casa hasta que doblaba en la esquina, si nos sorprendía jugando a la pelota, no nos quitaba la vista. Y si dejaba libre la vereda no era por temor a recibir un pelotazo, sino porque le gustaba ver el juego que jugábamos. Y a nosotros, por nuestra parte, nos encantaba tenerlo de público durante ese ratito que demoraba en pasar hacia la calle de la estación. Jamás lo hablamos entre nosotros, pero todos queríamos lucirnos delante del viejo. Los más hábiles se prodigaban en gambetas, y se hacían rogar –más que de costumbre- para largar el balón a un compañero. Los que tenían buena pegada probaban suerte desde ángulos imposibles o distancias desaconsejables. Y los arqueros se dejaban, gustosos, el pellejo de los codos en el asfalto volando para la foto de los ojos celestes de aquel viejo.

 

Nunca nos dirigía la palabra si estábamos jugando. Unicamente lo hacía si nos encontraba matando el tiempo contra la pared de alguna casa. En esas ocasiones nos saludaba con un «Buenos días» sonoro y grave, con sus dos eses bien puestas. Como nos caía bien, le devolvíamos el saludo. Después nos preguntaba por la escuela o nos comentaba algo del clima, al estilo de «Mañana llueve». No recuerdo si acertaba.

 

De fútbol nunca hablábamos, aunque fuera el fútbol lo que cimentaba nuestra complicidad. Nosotros sabíamos que el viejo sabía. De fútbol, sabía. Alguna vez la pelota se nos había escapado hacia el sitio por el que el viejo venía caminando, y esas son circunstancias en las que se mide lo que se sabe de fútbol. Es verdad que a esa altura de la cosecha, el viejo no era precisamente ágil. Sin embargo, para devolvernos el balón jamás lo vimos cometer el sacrilegio de agacharse para dárnoslo con la mano, ni patear la pelota de puntín, ni dejar la pierna rígida y extendida sin flexionar la rodilla, ni mandar la pelota a cuatro metros del pibe más cercano, ni ninguno de esos pecados capitales que delatan a los que no saben jugar al fútbol. Claramente, el viejo se situaba entre los que sí sabían. La esperaba midiendo el pique y la velocidad, y ponía el pie de costado para dejársela mansa, y al pie, al jugador más cercano. Una sola vez hablamos de fútbol. Teníamos la cancha armada sobre el pavimento de Guido Spano, y en lo personal tenía un humor de mil demonios porque Andrés me había metido tres goles al grito de «Gol, golazo de Boca».

 

No lo vi venir al viejo, porque con todos los poros palpitando venganza acababa de recibir el balón chanchito a tres metros del arco contrario, que lo tenía nada menos que a Andrés de guardameta. Sin sitio en el alma para sutilezas estéticas, le puse a la bola una quema feroz que entró como un balazo a media altura, y salí gritando «Gol, Golazo, Golazo de Independiente», alargando las sílabas como le escuchaba hacer al Gordo Muñoz en los relatos de Radio Rivadavia.

 

En mi carrera de festejo me topé con el viejo, que me miraba y sonreía. Ya tenía dos motivos de felicidad: el gol y que lo hubiera visto el viejo. Pero además me habló: «Oye, muchacho: Eres de Independiente…» me preguntó afirmando. Cuando me vio asentir, agregó: «¿Sabes quién vive aquí a unas pocas cuadras?». No. No lo sabía. Y por eso me quedé mirándolo, esperando que me lo dijera. A mi alrededor se habían arrimado el resto de los pibes, salvo el pobre Andrés que debía estar recuperando el balón desde tierras inhóspitas y lejanas. «Aquí cerca, en la calle Aristóbulo del Valle» dijo el viejo, aumentando el suspenso. «Arsenio Erico», terminó, y se quedó viendo nuestras caras.

 

Supongo que esta historia luciría mejor si yo escribiese que quedamos pasmados, o que nos miramos incrédulos, o que nos henchimos de orgullo. Pero, en honor a la verdad, diré que no se nos movió un pelo. Corría el año 1979, y Erico había dejado de jugar tres décadas atrás. Además, como todos los chicos, pensábamos que el mundo había nacido con nosotros. Al viejo no le molestó nuestra ignorancia. Nos miró bien con sus ojos claros y sentenció: «El máximo artillero del fútbol argentino. Un goleador como no hubo otro». Tal vez fue la forma en que lo dijo el viejo. Esa sentencia sencilla y ajustada, dicha en esa voz un poco cavernosa y llena de sonidos de otras tierras. Es verdad que al principio ese nombre me sonó rarísimo. Lo de «Arsenio» me sonó a «arsénico», una sustancia tenebrosa que mi hermano mayor amenazaba, a menudo, con ponerme en el cacao de la tarde. Y el apellido me sonó a «Perico» y me dio un poco de gracia. Así que supongo que la primera imagen que me vino a la cabeza habrá sido la de un loro venenoso.

 

Por suerte al viejo todavía le quedaba una bala en la recámara. Andrés, a quien en algún punto del orgullo debía estar doliéndole mi chumbazo a media altura contó, con aires de superioridad, que su abuelo le había comentado algo al respecto, porque el tal Erico había sido ídolo de Boca. Fue entonces cuando el viejo lo miró con un ligero sobresalto y –me pareció- con un dejo de socarronería. «¿En Boca? No, muchacho. Erico jugó en Independiente –y por último agregó-: Siempre».

 

Ese fue el momento definitivo en el que Arsenio Erico entró en mi vida. Cuando el viejo lo nombró y lo situó a escasas cuatro cuadras de mi casa y de la de mis amigos. Cuando juntó esas palabras mágicas en un conjuro invulnerable. Cuando pienso en ese nombre me sale así: «Arsenio Erico. Goleador. Independiente. Siempre». Todas esas palabras vienen juntas.

 

En realidad, y por lo que supe después, hasta el propio viejo ignoraba que Erico había muerto un par de años antes de esa charla que mantuvimos en la vereda. Y que también había jugado algunos partidos en Huracán y también en su tierra paraguaya. Pero eran otros tiempos. Y los jugadores legendarios eran ni más ni menos que eso. No eran dioses, ni estrellas de la publicidad, ni conductores televisivos. No participaban involuntariamente en encuestas masivas lanzadas por los diarios deportivos; en parte porque los diarios deportivos no tenían razón de ser en un mundo en el que la gente se ocupaba también de otras cosas. Me causa un poco de gracia la desesperación de algunos estadísticos que últimamente han descubierto un par de goles repentinos de Angel Amadeo Labruna, que los hace situarlo por encima de Erico en la tabla definitiva de los goles de bronce. ¿Será porque el prurito de la exactitud les escuece demasiado? ¿Será porque son de River? ¿Será porque les molesta que el máximo goleador del fútbol argentino haya nacido en Paraguay? ¿Será por algo que ignoro?

 

Lo que sí creo es que esos perfeccionismos dejan de lado lo esencial. Ni a Erico ni a Labruna les debía importar demasiado un gol de más, o un gol de menos. Con seguridad, les bastaba con saber que la gente los admiraba y que los defensores les temían.

 

Esos jugadores dejaban muescas en la historia del deporte pero después, cuando se retiraban, hacían precisamente eso. Se retiraban. No se ponían a sacar cómputos exhaustivos. Labruna se hacía director técnico y, entre otras hazañas, le devolvía a River, en los 70, toda su gloria. Erico, con el dinero que había juntado –que seguramente no fue mucho, y sin duda fue menos que lo que hoy en día cobra cualquier burrazo de medio pelo con un par de años en un club de Primera- se compraba una casita cerca de la estación de Castelar, y dejaba que el tiempo lo fuera sumiendo en el olvido.

 

Eso sí, supongo que al gran Erico le habría molestado que algunos hinchas de Independiente, hoy en día, usen la palabra paraguayo cuando quieren insultar a alguien. Paciencia: que si el género humano algo tiene en abundancia, son los imbéciles. Los goleadores no sobran, pero los imbéciles abundan.De todos modos me gusta pensar en Erico ahí, en la vereda de su casa de la calle Aristóbulo del Valle, tomando el mate con el sol recostándose del lado de la estación del tren, pasando sus últimos años a cuatro cuadras de mi casa y de la de mis amigos. Y pensarlo esa tarde en particular, cuando volvió a convertir un gol inolvidable, aunque fuera a través del conjuro de los labios de otro viejo, para regalármelo a mí. Erico. Goleador. Independiente. Siempre.

 

El viejo español nos saludó y se fue. Y nosotros seguimos el partido. Después… después crecimos.

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