Beto Tisinovich recordo al pato

“Gracias señor Pastoriza, por todo lo que me das…”, cantaba toda la gente del Rojo cada vez que el Pato enfilaba para el banco de suplentes. Es que decir José Omar Pastoriza es decir Independiente. Fue ídolo y referente como jugador y como técnico. Llegó desde Racing en 1966, luego de estar en Rosario Central y Colón, y en el Diablo se consagró. Metió cuatro títulos antes de irse en el 72 a Monaco, a codearse con Raniero, si hasta dicen que le hizo asados en el Palacio Real…10542d3pastoriza130p

Volvió cuatro años más tarde, pero ya como técnico. Al toque se hizo cargo de su amado Independiente y hoy se cumplen 40 años del debut como entrenador, una función en la que llevó al Diablo a tocar el cielo con las manos. Ese mismo cielo que lo alberga desde el 2 de agosto de 2004 y si bien no está físicamente, no hay día en el que quien lo conoció no lo recuerda con alguna anécdota, que incluye esa chispa de un hombre con códigos al 100%. El Pato asumió la responsabilidad de conducir al Rojo, que venía de perder el reinado copero con River. Ya con Julio Grondona como presi del Diablo, Pedro Iso y Carlos Sola de vices, el Pato arrancó ganador: 5-1 al Estudiantes de Bilardo, que en el Nacional 75 fue sub del gran River de Angel Labruna. Y ese día no pudo contar con Bochini, Bertoni, Trossero, Galván y Percy Rojas. Era el Metro 76 y a los 35 días, logró su primer título al vencer por penales a Atlético Español en Venezuela, luego de dos partidos empatados, por la Interamericana.

Su primera vuelta olímpica en el ámbito local fue en el Nacional 77, que finalizó el 25 de enero del 78. Sí, la noche en la que el Rojo con tres jugadores menos por las expulsiones de Larrosa, Galván y Trossero, quienes reclamaron con razón que el 2-1 de Talleres fue con la mano. El Diablo empató 2-2 con un golazo de Bochini, tras una pared con Bertoni y Biondi, a quienes el Pato metió para producir la mayor hazaña futbolística que se recuerda por estos lugares. Al año siguiente, repitió el torneo pasando por arriba en la final a River, que en su equipo tenía seis campeones mundiales en 1978. Después se marchó y pasó por Talleres, Racing y Millonarios, para regresar al CAI, que tenía un equipazo pero que no pudo salir campeón con Nito Veiga. En ese 83, ya con el torneo empezado, tenía a tres baluartes que ya había dirigido: Bochini, Trossero y Villaverde. Con ellos, más la presencia de Clausen, Giusti, Burruchaga, Marangoni, Goyén, y los pibes como Carlos Enrique, Percudani y Carlos Sánchez salió campeón. Ya en la Libertadores, donde repatrió a Barberón de Colombia, armó ese gran conjunto que logró la séptima conquista y luego la Intercontinental ganándole al Liverpool en Japón. Se fue enseguida, y a los meses regresó hasta diciembre del 87. Tuvo dos períodos más: 1990/91 y 2004, y en éste último el Pato no pudo ganarle a la muerte.

YO DIGO

Ricardo Pavoni / Primer capitán del Pato

El gran jefe de Independiente

Con el Pato fuimos construyendo nuestras carreras casi a la par desde que él llegó al club. Fue un muy buen amigo y siempre compartía la habitación con él en las concentraciones. Era un hombre inteligente, con una personalidad avasallante. Y sabía contagiarle su seguridad a los grupos que le tocó conducir. Porque Pastoriza manejaba todo. Fue el gran jefe de Independiente. Cada vez que había algún problema, salía a dar la cara por el grupo. Y se le plantaba a cualquiera con muchísima autoridad. Su presencia inspiraba respeto. Antes de su asunción como técnico tuve una reunión con él, ya que quería saber con qué se iba a encontrar. Siempre te decía las cosas de frente. No dejaba escapar nada. Nadie se enteraba lo que pasaba puertas adentro. Algunos le cuestionaban los asados que organizaba para el plantel, pero ahí zanjábamos nuestras diferencias y el diálogo fortalecía al grupo.

YO DIGO

Karina Pastoriza / Hija del Pato

Dejó su salud en el fútbol

Estoy muy orgullosa de ser su hija, pero no sólo por lo que fue como jugador y técnico, sino porque todos los que lo conocieron siempre me dijeron que fue una gran persona. Un hombre leal, frontal y con códigos que jamás rompía. Hay valores que trascienden a lo deportivo, y ésos fueron la base sobre la que supo construir sus equipos y su propia vida. Tuve la suerte de conocer a muchas personas del mundo del fútbol y nadie me contó algo malo de él. Muchos me dijeron que fue el mejor técnico que tuvieron. Jairo Castillo y Navarro Montoya, entre otros, siempre me han hablado de él con mucho afecto. Y los hinchas también lo tienen muy presente. Quizá lo teníamos poco tiempo en casa porque él vivía por y para al fútbol. Le entregó su vida a su pasión. De hecho, dejó su salud en el fútbol y todos los infartos que tuvo seguramente tuvieron que ver con la forma en la que lo vivía. Un apasionado.

YO DIGO

Enzo Trossero / Capitán con Pastoriza

Predicamento y personalidad

Se nos fue muy joven el Pato. Tenía apenas 62 años y pasó más de una década desde su partida, pero lo quise mucho y lo extraño. Tuve una relación muy especial con él, ambos nacimos un 21 de mayo, aunque él tenía 11 años más. Fue un hombre con mucho predicamento y una gran personalidad, la misma que supo transferirle a sus equipos. Un tipo muy agradable, que sabía escuchar y reconocía sus errores. En determinado momento el grupo se había dividido y él se inclinó para un lado, pero luego supo enderezar la situación. Siempre trazó objetivos claros y si bien en su Independiente había jugadores técnicamente muy dotados, todos debían meter. Me tenía aprecio y me dio la cinta de capitán. Su temperamento se vio reflejado en la final ante Talleres, cuando evitó que el equipo dejara la cancha. Como DT fue extraordinario. Pero lo más importante es que fue una persona extraordinaria.

quien fue cecconatto???

José Carlos Cecconato (a veces Cecconatto), nacido el 27 de enero de 1930 es un ex jugador de fútbol argentino que se desempeñaba como volante derecho. La carrera futbolística de Cecconato comenzó en el año 1946 en el club porteño El Porvenir, para pasar finalmente en 1947 a Independiente de Avellaneda, club donde desarrollaría toda su trayectoria posterior. Cecconato era bajo de estatura pero un jugador notable. En este número cinco descansaba la función de dirigir el ataque, y con una precisión tal que pasaba a regular el ritmo del juego. Si era necesario, también podía jugar generosamente como defensor. Fue un jugador de ida y vuelta, con gran movilidad y astuto para picar al vacío. Pero, a pesar de haber marcado muchos goles, su fuerte era asistir a sus compañeros de ataque. Era el generador de juego de la gran delantera que conformaron Micheli, Lacasia, Grillo y Cruz. Siendo jugador de Independiente fue convocado a la selección nacional. El 14 de mayo de 1953, Cecconato debutó con la albiceleste en un partido contra Inglaterra, ganado por Argentina 3-1.3 Participó en la Copa América de 1955, donde Argentina ganó el campeonato sudamericano. Cecconato jugó los cinco partidos del torneo -contra Paraguay , Ecuador , Perú (anotó un gol), Uruguay y Chile. Todavía como jugador Independiente participó del mismo torneo al año siguiente, la Copa América de 1956, donde fue subcampeón de Sudámerica con la el seleccionado argentino. Cecconato jugó, en esta oportunidad, en tres partidos – contra Chile (sustituyendo sobre el terreno de juego a los 65 minutos del partido a Omar Sívori), Paraguay (luego del minuto 75 lo sustiyó a Ernesto Grillo y anotó el gol), y Brasil. En la Primera División de Argentina Cecconato jugó 148 partidos y marcó 52 goles. En la Selección de fútbol de Argentina jugó 11 partidos y marcó 2 goles.

A los 28 años, en la plenitud de su carrera, decidió abandonar el fútbol. No arregló su contrato con el Rojo, cuyos dirigentes eran considerados extremadamente cuidadosos con las finanzas del club, y decidieron suspenderlos por dos años.

cecconato

HERMOSO CUENTO DE SACHERI DEDICADO A ERICO, AL ERICO YA RETIRADO…

ERICO HIZO UN GOL PARA MI…

El viejo era español y tenía siempre la delicadeza de pasar bien pegado a la línea de las casas, para que nosotros no tuviésemos que interrumpir los partidos. Supongo que alguna vez supe su nombre, pero se me extravió en alguno de los muchos pliegues que tiene el olvido. Sí recuerdo, en cambio, su imagen y su voz.

Era bajo y macizo, y se notaba que había sido un hombre fuerte. Tenía la piel de un rosa subido y sanguíneo de quien se ha criado al sol y a la intemperie. Usaba el pelo muy corto, y a mí me hacía acordar a un cepillo de cerdas gruesas y blancas, puesto patas arriba. Siempre andaba con unos pantalones negros y abolsados, sujetos por un cinturón igual de negro, encima del ombligo; y con una camisa blanca con el botón del cuello desprendido y las mangas recogidas por encima de los codos. Vestía, en suma, como debían vestir los viejos de su aldea, en España, cuando él era un chico. Y él se había traído ese recuerdo con el que los imitaba en su propia vejez, como se trajo el acento lleno de zetas y de eses que a los otros pibes les sonaba raro, pero a mí me gustaba porque me hacía acordar a mi tío Vicente, que también era español y había sido lo más parecido que tuve a un abuelo.

 

Desde que el viejo salía de su casa hasta que doblaba en la esquina, si nos sorprendía jugando a la pelota, no nos quitaba la vista. Y si dejaba libre la vereda no era por temor a recibir un pelotazo, sino porque le gustaba ver el juego que jugábamos. Y a nosotros, por nuestra parte, nos encantaba tenerlo de público durante ese ratito que demoraba en pasar hacia la calle de la estación. Jamás lo hablamos entre nosotros, pero todos queríamos lucirnos delante del viejo. Los más hábiles se prodigaban en gambetas, y se hacían rogar –más que de costumbre- para largar el balón a un compañero. Los que tenían buena pegada probaban suerte desde ángulos imposibles o distancias desaconsejables. Y los arqueros se dejaban, gustosos, el pellejo de los codos en el asfalto volando para la foto de los ojos celestes de aquel viejo.

 

Nunca nos dirigía la palabra si estábamos jugando. Unicamente lo hacía si nos encontraba matando el tiempo contra la pared de alguna casa. En esas ocasiones nos saludaba con un «Buenos días» sonoro y grave, con sus dos eses bien puestas. Como nos caía bien, le devolvíamos el saludo. Después nos preguntaba por la escuela o nos comentaba algo del clima, al estilo de «Mañana llueve». No recuerdo si acertaba.

 

De fútbol nunca hablábamos, aunque fuera el fútbol lo que cimentaba nuestra complicidad. Nosotros sabíamos que el viejo sabía. De fútbol, sabía. Alguna vez la pelota se nos había escapado hacia el sitio por el que el viejo venía caminando, y esas son circunstancias en las que se mide lo que se sabe de fútbol. Es verdad que a esa altura de la cosecha, el viejo no era precisamente ágil. Sin embargo, para devolvernos el balón jamás lo vimos cometer el sacrilegio de agacharse para dárnoslo con la mano, ni patear la pelota de puntín, ni dejar la pierna rígida y extendida sin flexionar la rodilla, ni mandar la pelota a cuatro metros del pibe más cercano, ni ninguno de esos pecados capitales que delatan a los que no saben jugar al fútbol. Claramente, el viejo se situaba entre los que sí sabían. La esperaba midiendo el pique y la velocidad, y ponía el pie de costado para dejársela mansa, y al pie, al jugador más cercano. Una sola vez hablamos de fútbol. Teníamos la cancha armada sobre el pavimento de Guido Spano, y en lo personal tenía un humor de mil demonios porque Andrés me había metido tres goles al grito de «Gol, golazo de Boca».

 

No lo vi venir al viejo, porque con todos los poros palpitando venganza acababa de recibir el balón chanchito a tres metros del arco contrario, que lo tenía nada menos que a Andrés de guardameta. Sin sitio en el alma para sutilezas estéticas, le puse a la bola una quema feroz que entró como un balazo a media altura, y salí gritando «Gol, Golazo, Golazo de Independiente», alargando las sílabas como le escuchaba hacer al Gordo Muñoz en los relatos de Radio Rivadavia.

 

En mi carrera de festejo me topé con el viejo, que me miraba y sonreía. Ya tenía dos motivos de felicidad: el gol y que lo hubiera visto el viejo. Pero además me habló: «Oye, muchacho: Eres de Independiente…» me preguntó afirmando. Cuando me vio asentir, agregó: «¿Sabes quién vive aquí a unas pocas cuadras?». No. No lo sabía. Y por eso me quedé mirándolo, esperando que me lo dijera. A mi alrededor se habían arrimado el resto de los pibes, salvo el pobre Andrés que debía estar recuperando el balón desde tierras inhóspitas y lejanas. «Aquí cerca, en la calle Aristóbulo del Valle» dijo el viejo, aumentando el suspenso. «Arsenio Erico», terminó, y se quedó viendo nuestras caras.

 

Supongo que esta historia luciría mejor si yo escribiese que quedamos pasmados, o que nos miramos incrédulos, o que nos henchimos de orgullo. Pero, en honor a la verdad, diré que no se nos movió un pelo. Corría el año 1979, y Erico había dejado de jugar tres décadas atrás. Además, como todos los chicos, pensábamos que el mundo había nacido con nosotros. Al viejo no le molestó nuestra ignorancia. Nos miró bien con sus ojos claros y sentenció: «El máximo artillero del fútbol argentino. Un goleador como no hubo otro». Tal vez fue la forma en que lo dijo el viejo. Esa sentencia sencilla y ajustada, dicha en esa voz un poco cavernosa y llena de sonidos de otras tierras. Es verdad que al principio ese nombre me sonó rarísimo. Lo de «Arsenio» me sonó a «arsénico», una sustancia tenebrosa que mi hermano mayor amenazaba, a menudo, con ponerme en el cacao de la tarde. Y el apellido me sonó a «Perico» y me dio un poco de gracia. Así que supongo que la primera imagen que me vino a la cabeza habrá sido la de un loro venenoso.

 

Por suerte al viejo todavía le quedaba una bala en la recámara. Andrés, a quien en algún punto del orgullo debía estar doliéndole mi chumbazo a media altura contó, con aires de superioridad, que su abuelo le había comentado algo al respecto, porque el tal Erico había sido ídolo de Boca. Fue entonces cuando el viejo lo miró con un ligero sobresalto y –me pareció- con un dejo de socarronería. «¿En Boca? No, muchacho. Erico jugó en Independiente –y por último agregó-: Siempre».

 

Ese fue el momento definitivo en el que Arsenio Erico entró en mi vida. Cuando el viejo lo nombró y lo situó a escasas cuatro cuadras de mi casa y de la de mis amigos. Cuando juntó esas palabras mágicas en un conjuro invulnerable. Cuando pienso en ese nombre me sale así: «Arsenio Erico. Goleador. Independiente. Siempre». Todas esas palabras vienen juntas.

 

En realidad, y por lo que supe después, hasta el propio viejo ignoraba que Erico había muerto un par de años antes de esa charla que mantuvimos en la vereda. Y que también había jugado algunos partidos en Huracán y también en su tierra paraguaya. Pero eran otros tiempos. Y los jugadores legendarios eran ni más ni menos que eso. No eran dioses, ni estrellas de la publicidad, ni conductores televisivos. No participaban involuntariamente en encuestas masivas lanzadas por los diarios deportivos; en parte porque los diarios deportivos no tenían razón de ser en un mundo en el que la gente se ocupaba también de otras cosas. Me causa un poco de gracia la desesperación de algunos estadísticos que últimamente han descubierto un par de goles repentinos de Angel Amadeo Labruna, que los hace situarlo por encima de Erico en la tabla definitiva de los goles de bronce. ¿Será porque el prurito de la exactitud les escuece demasiado? ¿Será porque son de River? ¿Será porque les molesta que el máximo goleador del fútbol argentino haya nacido en Paraguay? ¿Será por algo que ignoro?

 

Lo que sí creo es que esos perfeccionismos dejan de lado lo esencial. Ni a Erico ni a Labruna les debía importar demasiado un gol de más, o un gol de menos. Con seguridad, les bastaba con saber que la gente los admiraba y que los defensores les temían.

 

Esos jugadores dejaban muescas en la historia del deporte pero después, cuando se retiraban, hacían precisamente eso. Se retiraban. No se ponían a sacar cómputos exhaustivos. Labruna se hacía director técnico y, entre otras hazañas, le devolvía a River, en los 70, toda su gloria. Erico, con el dinero que había juntado –que seguramente no fue mucho, y sin duda fue menos que lo que hoy en día cobra cualquier burrazo de medio pelo con un par de años en un club de Primera- se compraba una casita cerca de la estación de Castelar, y dejaba que el tiempo lo fuera sumiendo en el olvido.

 

Eso sí, supongo que al gran Erico le habría molestado que algunos hinchas de Independiente, hoy en día, usen la palabra paraguayo cuando quieren insultar a alguien. Paciencia: que si el género humano algo tiene en abundancia, son los imbéciles. Los goleadores no sobran, pero los imbéciles abundan.De todos modos me gusta pensar en Erico ahí, en la vereda de su casa de la calle Aristóbulo del Valle, tomando el mate con el sol recostándose del lado de la estación del tren, pasando sus últimos años a cuatro cuadras de mi casa y de la de mis amigos. Y pensarlo esa tarde en particular, cuando volvió a convertir un gol inolvidable, aunque fuera a través del conjuro de los labios de otro viejo, para regalármelo a mí. Erico. Goleador. Independiente. Siempre.

 

El viejo español nos saludó y se fue. Y nosotros seguimos el partido. Después… después crecimos.

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el dia que el rojo piso la luna…

pronto se festeja el dia de la amistad, recordando la llegada de los humanos a la luna, lo que algunos no saben que los tres astronautas pisaron el suelo lunar, eran socios del CLUB ATLETICO INDEPENDIENTE… La historia contada por Neil Armstrong en su libro dice que un banderín del rojo viajo en la nave y les trajo suerte, (si era de racing no llegaban jajajaj) esta es la maravillosa historia de lo que ocurria el dia la tierra se paralizo mirandola las imagenes se trasmitian desde los estados unidos.

textos de el libro historias de EL DIARIO DEL ROJO, (la palabras de los astronautas son de agencia EFE)…La historia cuenta que el club argentino hizo socio a los tres hombres que pisaron la luna y como agradecimiento llevaron el banderín de los ´Diablos rojos´.

El astronauta Neil Armstrong, fallecido a los 82 años, llevó a la luna un banderín del club argentino de fútbol Independiente de Avellaneda, lo cual él mismo reconoció durante una visita que efectuó a Buenos Aires en noviembre de 1969.

Armstrong visitó la capital argentina junto con sus compañeros astronautas Edwin Aldrin y Michael Collins, en una gira mundial con la que celebraron el hecho de haber sido los primeros hombres en llegar al satélite natural de la tierra.

El primer hombre en pisar la luna confirmó de esa manera algo que numerosos argentinos habían puesto en duda cuando allegados a la directiva de la entidad deportiva de la localidad bonaerense de Avellaneda dieron a conocer esa historia en aquellos años.

Héctor Rodríguez, entonces secretario de Cultura y de Relaciones Públicas del Independiente, propuso antes del viaje del Apollo XI convertir en socios honorarios del club a Armstrong, Edwin y Collins. “Si ellos van a ser los héroes más grandes del siglo, tienen que ser socios del Independiente“, dijo entonces.

Sus pares de la directiva aceptaron la propuesta y los tres fueron registrados como socios: Aldrin con el número 80.399, Armstrong con el 80.400 y Collins con el 80.401.

Los carnéTs con sus fotos oficiales suministradas por la embajada estadounidense en Buenos Aires fueron enviados a Estados Unidos junto con equipos deportivos para los niños de los astronautas y banderines del club.

En mayo de 1969, el propio Armstrong agradeció el gesto a través de una carta y expresó su deseo de “poder visitar Buenos Aires pronto y que las circunstancias permitan aceptar su invitación de visitar el club“, algo que finalmente no ocurrió.

Durante la visita que los astronautas efectuaron a Buenos Aires en noviembre de ese año, Rodríguez fue invitado a participar en una recepción en la embajada estadounidense, encabezada por el diplomático John Davis Lodge.

Fue en esa ocasión en la que Armstrong dijo que el banderín que llevaron a la luna les dio “suerte“.

La historia enorgullece a veteranos socios y simpatizantes del equipo que mayor cantidad de veces obtuvo la Copa Libertadores de América (siete), y que en la actualidad está sumergido en una crisis deportiva que pone en riesgo su continuidad en la Primera División, de la que nunca ha descendido hasta ahora.

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bochini: el pato nunca queria perder a nada.

Ricardo Bochini: “El Pato (Pastoriza) era un técnico de mucha personalidad, que no quería perder a nada y era bastante inteligente.”

el futbol…

“El fútbol siempre es el mismo. El jugador que se dedica, que tiene pasión por lo que hace, siempre va a tener más posibilidades de llegar que otro. En todas las épocas fue igual. Para poder triunfar hay que estar a pleno con una base: entrenar, cuidarse, disfrutar…”

la hazaña de cordoba…

“Fue algo histórico porque casi imposible que se vuelva a dar una situación así: final, de visitante, te echen 3 jugadores, vayas perdiendo el partido y que lo tengas que ir a levantar. Si uno va ganando, defendés, te cuidás, pero acá tenías que ir a hacer un gol. El Pato (Pastoriza) era un técnico de mucha personalidad, que no quería perder a nada y era bastante inteligente. Tal vez otro técnico hubiese quedado como víctima de lo que estaba pasando, el cambio él dijo ‘vamos, sigamos jugando, a lo mejor tenemos esa posibilidad de empatarlo’. Algo imposible pero se pudo dar y por eso quedó en la historia”.

las copas..

“Todas fueron importantísimas, difíciles. Siempre teníamos que ir a tercer partido porque eran muy parejas las copas, todas difíciles”.

mundial 86…

“Ahora que se cumplieron 30 años, estaba viendo el ratito que entré contra Bélgica y veo una jugada que Maradona me quiere dar la pelota a mi, la corta un jugador belga y se va al córner. Él se quedó preocupado porque quería jugar conmigo, lástima que pudimos jugar poco tiempo. Si hubiese jugado más tiempo hubiésemos andado muy bien porque él estaba en su plenitud y yo también estaba bastante bien”

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con ustedes el señor sastre, JUGO DE ARQUERO, DEFENSOR, VOLANTE Y DELANTERO Y FUE FIGURA SIEMPRE…

Yo trabajaba en una fábrica de jabón y cuando salía me iba a jugar al fútbol con mis compañeros. En uno de esos partidos me vio un dirigente de Independiente y me dijo que fuera a probarme en un amistoso contra Lanús, que iba a jugar para los suplentes. Mi ilusión era ver a los jugadores de Primera. Quería conocer a Manuel Seoane, que era mi ídolo. Así que fui, jugué y cuando estaba por empezar el otro partido el Negro me preguntó si me animaba a entrar con los titulares, porque Alberto Lalín estaba lesionado. Yo no lo podía creer, cuando me vino a hablar me di vuelta y miré para atrás para ver si le estaba diciendo eso a algún otro. Al final jugué y desde entonces no salí nunca más”. Antonio Sastre, tal cual explicaba, fue futbolista casi por azar. Gracias a un puñado de factores que se conjugaron para abrirle camino y transportarlo, de manera inmediata, de la jabonería en la que trabajaba a la Primera División de un fútbol argentino que estaba en el umbral del profesionalismo.

Nacido en Lomas de Zamora en 1911, empezó a jugar al fútbol en Progresista de Avellaneda y debutó oficialmente en Independiente el 4 de junio de 1931, contra Argentinos Juniors en La Paternal. Su primera posición fue la de volante por derecha, detrás de Facio, Ravaschino, Constante y Seoane, pero más temprano que tarde comenzó un peregrinaje que lo llevó a ocupar cada rincón de la cancha. Sastre jugó de todo y de todo jugó bien.

Con su liderazgo tácito, se encargaba de mover los hilos del equipo, de ponerle ritmo con sus corridas y de agregarle pausa con sus gambetas. También se convertía en villano cuando era designado para marcar a la figura rival. Fue su voluntarioso talento el que no tardó en transformarlo en el ídolo de los hinchas del Rojo, y él les retribuyó el cariño con el bicampeonato de 1938 y 1939. Independiente ganó ambos Campeonatos de Primera División con un récord goleador que aún no fue superado: convirtió 115 goles en 32 partidos el primer año, mientras que en el segundo hizo 103 en 34. Claro que los intérpretes eran inmejorables en aquella delantera formada por Vicente De La Mata, Antonio Sastre, José Vilariño, Arsenio Erico y José Zorrilla.

Durante sus mejores años también era polifuncional fuera de la cancha, porque al mismo tiempo que jugaba en Independiente trabajaba en una panadería de Flores. Incluso, muchas veces para ahorrarse el boleto del tranvía hasta su casa de Avellaneda, se quedaba a dormir en la cocina, y armaba su cama sobre las bolsas de harina y al calor del horno. Sin embargo, tuvo que cortar con la costumbre en 1937, cuando se corrió la voz de que se lo podía encontrar allí y el local se convirtió en un espacio de culto al que se acercaban los fanáticos para verlo, tocarlo y pedirle consejos. En aquel año, Sastrín, como se lo conocía, había sido una de las figuras de la Selección Argentina en el Sudamericano de Buenos Aires, que la albiceleste había ganado tras derrotar a Brasil 2-0 en el último partido jugado en el Viejo Gasómetro. La curiosidad es que el Cuila jugó todo ese torneo de lateral derecho, y contra los brasileños la rompió anulando a la legendaria ala izquierda compuesta por Tim y Patesko.

“No me gustaba que me robaran la pelota, porque la pelota hay que pelearla y si te la sacan es porque perdiste la pelea. Esos que la pierden y se quedan con los brazos cruzados no deberían jugar. Así era en el potrero, que fue para mí lo que el paraíso para otros”, repetía Sastre, como si se tratara de una declaración de innegociables principios.

En 1941 volvió a ganar el título del Sudamericano, en una edición extraordinaria desarrollada en Santiago de Chile. El motivo era la conmemoración del cuarto centenario de la fundación de la ciudad. No se puso un trofeo en disputa, pero en la actualidad se lo considera un logro oficial. Argentina ganó el torneo con cuatro triunfos en cuatro partidos, y Sastre jugó de volante por derecha, asistiendo al Charro José Manuel Moreno y a Juan Andrés Marvezzi, el delantero de Tigre que resultó goleador del certamen.

 

Un año después cerró su gloriosa estadía en Independiente. El 4 de octubre de 1942, en un empate 2-2 contra Platense, hizo el último de sus 112 goles en el Rojo, y dos semanas más tarde otra igualdad, 1-1 con Boca, marcó su despedida en su partido número 340. Como recuerdo se llevó una montaña de elogios por su capacidad de adaptarse a cualquier función dentro de una cancha de fútbol. Para ese entonces ya había jugado de delantero, de volante, de defensor y hasta de arquero, en dos oportunidades, en reemplazo de Fernando Bello. La primera vez fue contra San Lorenzo, por el Campeonato Argentino, y la segunda frente a Peñarol, en un amistoso. ¿Cómo le fue? Nadie pudo hacerle goles.

Su siguiente aventura lo llevó al San Pablo de Brasil, que se puso en contacto por él por expreso pedido del entrenador Vicente Feola, el mismo que después se consagraría con la selección brasileña en el Mundial de Suecia 1958 y que dirigiría a Boca a comienzos de los sesenta. “Nosotros teníamos un buen equipo, pero necesitábamos un jugador que equilibrase nuestro sistema táctico. Sastre vino e hizo eso. Con él, fuimos campeones tres veces en cuatro años. Les digo a los muchos que no lo vieron jugar que él tuvo la misma importancia que tuvo Zizinho primero y Gerson después, jugadores que vivieron para darle tranquilidad al equipo dentro de la cancha”, recordó tiempo después el técnico paulista.

Sastre llegó a un fútbol brasileño que recién empezaba a abrirse a los futbolistas negros, porque hasta entonces había sido un deporte exclusivo de los inmigrantes europeos. Descentralizados, los torneos eran sólo estaduales y el Campeonato Paulista lo dominaban el Corinthians y el Palmeiras. San Pablo, que no se alzaba con el título desde 1931, soportaba estoicamente las cargadas de todos sus rivales. Una burla popular decía que el Tricolor iba a salir campeón el día que tirase una moneda al aire y cayera parada. Sastre, entonces, se encargó de poner la moneda de canto.

 

“Cuando llegué a San Pablo –recordaba Sastre– no me pude adaptar rápido. La prensa decía que el equipo había comprado un bondi, que es como ellos le llaman a los tranvías viejos, a los fierros oxidados. Los primeros dos partidos los perdimos y se fue el técnico. Ahí vino Lloreca, y como yo no estaba acostumbrado a entrenar todos los días ni a concentrar antes de jugar, le fui a hablar y me dejó ir directamente los domingos a la cancha, antes del almuerzo. En el primer partido que jugamos con él, contra Portuguesa, ganamos 9-1 y yo metí seis goles”.

Sastrín pronto se destacó como un jugador polivalente y, al igual que había hecho en su momento con el paraguayo Erico en Independiente, se convirtió en un coprotagonista estelar encargado de abastecer a Leónidas, el Diamante Negro, el temible delantero brasileño que fuera goleador de la Copa del Mundo de Francia 1938. El primer año, Sastre llegó a préstamo a cambio de 10 mil pesos argentinos, y finalmente se quedó otras tres temporadas más cuando el San Pablo compró su pase por 30 mil pesos.

Con el Tricolor fue campeón paulista en 1943, 1945 y 1946, y subcampeón en 1944 (el título quedó en manos del Palmeiras). Su fútbol fue la semilla que tiempo después germinó en el suelo de Brasil, para convertirlo en la tierra del jogo bonito. “Los argentinos quieren copiarnos a los brasileños, pero se olvidan de que un argentino vino a Brasil hace veinte años para enseñarnos el fútbol a nosotros. Se llamaba Antonio Sastre”, le contó el técnico Osvaldo Brandao a Juvenal, periodista de El Gráfico, en 1967.

En 1946 Sastre decidió retirarse y a pesar de las insistencias, en San Pablo no pudieron convencerlo de que continuara. A modo de homenaje, le dedicaron un busto en el ingreso del estadio Morumbi y le organizaron un partido de despedida contra River, que el Tricolor perdió 2-1. El gol lo hizo el Cuila y mientras se cambiaba en el vestuario recibió una visita de lujo. “No sé cuándo vuelve a nuestro país, pero apenas pise Argentina considérese jugador de River. Las cifras del contrato las fija usted”, le dijo Antonio Vespucio Liberti, el presidente millonario. Sastre agradeció la propuesta, pero la rechazó.

Ya de regreso en Argentina, fue a visitar a su amigo Roberto Sbarra y la nostalgia le ganó de mano. Sbarra era el técnico de Gimnasia de La Plata, que luchaba por volver a Primera, y lo invitó a entrenar con el equipo. Sastre aceptó y esa misma tarde abandonó su retiro fugaz para sumarse al Lobo. Jugó una temporada, hizo cuatro goles en 14 partidos y el equipo logró ascender. Ahí sí dejó la actividad a los 36 años.

Una vez retirado, nunca más volvió a relacionarse con el fútbol. Se ganó la vida montando una distribuidora de diarios y también fue dueño de una empresa de seguros. No obstante, la Fundación Konex lo rescató del olvido y en 1980 le otorgó el Diploma al Mérito como uno de los cinco mejores futbolistas de la historia argentina (los otros cuatro fueron Pedernera, Di Stéfano, Maradona y el Charro Moreno). El 23 de noviembre de 1987, a los 76 años, falleció de un derrame cerebral en su casa de Avellaneda.

Para el final queda un trazo de la inigualable pluma de Juvenal, que así despidió a Sastre en la edición 3556 de El Gráfico: “Es una cita obligada, un mojón ineludible, un punto de referencia fundamental para saber que hoy el fútbol argentino es así porque existió alguien llamado Antonio Sastre. Para comprender que Independiente es como es porque alguien llamado Antonio Sastre le dio su estilo, su vocación y su filosofía futbolera. (…) Sin gritos, sin gestos, sin dar nunca la sensación de que mandaba y ordenaba a todos sus compañeros. En el medio de esos dos extremos ´inventó´ el fútbol moderno. El polifuncional. El hombre de toda la cancha y todas las funciones. El antepasado ilustre de Alfredo Di Stéfano y Johan Cruyff. El creador del fútbol total en Argentina. (…) Vale repetirlo porque siempre se dice que el nuestro es un fútbol con historia. Somos como somos, Independiente es como es, porque allá por los años treinta existió alguien llamado Antonio Sastre”.

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todo lo que pasa en el rojo para en el diario del rojo…

NAYLIvictor cuesta volvio, y aunque pablo moyano dijo no ira a la seleccion, desde el seno del jugador aseguran que nadie le dijo nada que no lo dejaran ir, y solo river presento una carta en AFA solicitando no usen sus jugadores, el rojo y boca no…

Saúl Nelle: El volante central de 22 años fue cedido a Los Andes por un año y Mauricio Del Castillo, hermano de Sergio Agüero, se fue a Morón a préstamo en busca de mayor rodaje.

El Torino no presta a Sánchez Miño y el Napoli quiere vender a Andújar. Así todo se hace complicado. dicen el rojo ahora tiene plata…
Por el lateral-volante que se inició en Boca, comprado por el Torino y que luego lo cedió a Estudiantes y Cruzeiro, Héctor Maldonado (secretario general), Gustavo Lema (a cargo de marketing) y Flavio Fernández (colaborador de la CD) se reunieron con los turineses y no hubo acuerdo. El Rojo quiere un préstamo por un año a cambio de 300.000 dólares y una opción de 1.700.000 a pagar desde junio de 2017. La respuesta fue clarita: u$s 2.000.000 por el pase definitivo.
por Andújar, por quien Estudiantes está interesado en que siga en sus filas. Los del sur italiano también aspiran a venderlo, mientras que en Baires se reunieron con el representante del jugador y se tienen fe…
por Botta: Hubo reunión con la gente que representa al jugador que está en Pachuca. La idea es comprarle un buen porcentaje del pase y cederle algún jugador a Talleres, socios de los mexicanos. El gran problema es ese, que tlleres es del grupo dueño del pachuca, en las sombras…
Jonathan Schunke: Milito insiste en su contratación, pero hay una diferencia de ocho millones de pesos por el zaguero de 29 años. Stand by.

5 de agosto vuelve el futbol, los cráneos de AFA decidieron, y yo que tengo buena memoria recuerdo como decían este torneo de grondona es una mierda, es una cagada, y tantas cosas se dijeron del torneo de 30 a una rueda,…
BUENO COMO NO SE LES CAE UNA IDEA, CON SUPER-LIGA O TORNEO COMUN, SE JUGARA CON 30 EQUIPOS EN PRIMERA, A UNA RUEDA, CON CLASICOS SERAN DE IDA Y VUELTA, UNO POR FECHA Y UNA FECHA INTEGRA DE CLASICOS, BAJARAN POR PROMEDIO 4, SUBIRAN 2, ahora yo digo, salvo que bajan 4 que mierda cambiaron al que decían que don julio estaba loco?.

Crisis en AFA: por motivos económicos (U$S 40.000) no viaja el seleccionado femenino Sub 20 al Sudamericano en Lara (Paraguay).

el 8-7-2016 bochini estara en la peña roja de mar del plata presentando su libro…